
Qué horror!
Son muchos lo recuerdos que me vienen a la mente sobre mi etapa escolar como educando. Tendría yo unos tres años, recién cumplidos pues nací en Agosto, cuando me enfrente a la enseñanza en la guardería. En ésta pase los dos primeros años como estudiante en manos de mis profesores Don Daniel y la señorita Juani. Recuerdo perfectamente el primer día. Lo llevo como una espinita en el corazón cuando mi madre me dejo en manos de aquellos extraños. Lloré y lloré lo suficiente como para que mi madre me tuviese que venir a recoger. Pateaba, pagaba, yo hacia de todo con tal de no quedarme en aquella jaula...qué maleducado era yo en aquel entonces. Aún así tengo gratos recuerdos de ellos. Todavía veo a mis educadores por la calle y parece que fue ayer cuando salí de la guardería. Me acuerdo que yo estaba inscrito en la guardería llamada Sagrado Corazón de Jesús, en Santa Úrsula y me había tocado en la clase de los pitufos. Era súper gracioso. Cada clase tenía el nombre de algún dibujo animado. Aquí me relacioné, por decirlo de alguna manera, con la sociedad. Con el aprendizaje mediante juegos, excursiones, charlas y demás actividades, iba instruyéndome en la vida social. Uno de los hechos mas importantes ha sido éste, aprender a aprender y conocer a nuevas personas las cuales, todavía se acuerdan de ti cuando te ven y saludan.
Pasados estos dos años, ya con mis cinco añitos cumplidos, entré en el colegio Salesianos de la Villa de La Orotava, más que por gusto de mis padres, por seguir en el centro donde él y todos sus hermanos habían estudiado y por la cercanía con mí casa en aquel entonces. Me alegro de que mis padres hayan elegido este centro para mí. Es y sigue siendo el colegio de mi vida.
En esos años, el colegio era sólo para chicos, aunque habían numerosas profesoras. De hecho, en preescolar me tocó una profesora, llamada Regina. Sólo estuvo ese año y fue la primera chica que ponía firme a un grupo de niños revoltosos. También aquí conocí a más chicos. Desde esa época ha existido un grupito de amigos que no se ha roto nunca, aunque hemos tenido nuestros más y menos, siempre hemos solucionado los problemas juntos.
En total fueron 11 años dentro de este centro. Quitando el año de parvulario, los seis años de la Educación Primaria fueron muy emotivos e inolvidables. Cada dos años, es decir, por ciclos, nos cambiaban los profesores. Fue sobretodo en el primer ciclo cuando de verdad empezaron los llantos. Mi mejor profesora, Doña Concha, se iba para dejarnos en manos de un hombre de mediana estatura, con un bigote (todavía no se lo ha quitado) y con cara de pocos amigos. A pesar de ello, congenió bastante bien con nosotros aunque de vez en cuando le echábamos puntillas y lo poníamos verde por debajo. Aprendí matemáticas y ortografía sobretodo. ¡Qué malo era para esas asignaturas! Si acababa de aprender a atarme los cordones de los zapatos!! Bueno, todo esto se fue superando, paso a paso, curso a curso hasta llegar a la ESO.
A los estudiantes mayores que yo les cogió el cambio séptimo-octavo por la ESO cuando estaba yo en quinto de primaria. Da igual, lo importante no era lo que tardaras en salir del colegio sino ir aprobando las materias. No era una carrera de 100 metros lisos pero se puede ganar y disfrutar al final igualmente. Como decía mi profesor de Conocimiento del Medio: “si siembras podrás recoger después”, “para ello hay que regar y abonar el cultivo”. Con esto nos quería decir que de nada servía explicar una cosa y no entendiéndola, darla por sabida. Había que estudiarla y preguntar si surgía alguna duda. Estas palabras me han servido para ser la persona que soy y llegar donde estoy, aunque en ese momento yo creía que había plantado zarzas y todo se acababa para mí.
Ya en la ESO era entonces cuando necesitaba más apoyo que nunca. Mis padres no sabían que hacer conmigo. Yo no salía con los amigos al cine, ni a dar una vuelta, me quedaba en mi casa escuchando música o viendo la televisión hasta que me dejaba dormir. Mi padre hablaba con mi tío sobre mi problema y no le decía nada. Esto era cosa mía solamente, yo odiaba a todo el mundo, no quería saber nada de nada ni nadie. Me pasaba las tardes llorando en mi habitación...fue lo peor.
A la llegada a tercero, la cosa cambiaba. Mi tío ya no me daba clase pero no sé que era peor. Ahora lo que había aprendido con él de matemáticas y física y química me lo escachaba el nuevo profesor que, para más INRI, era el jefe de estudios de toda la secundaria. Los métodos de enseñanza que mi anterior profesor utilizaba no me servían de nada ahora en este nuevo curso.
Fue aquí cuando por primera vez en mi vida suspendía alguna asignatura en una evaluación. Casualidades de la vida que las asignaturas que suspendía eran las que nos daba él...menudo trauma cogí. No es que me las dé de empollón pero, todo hay que decirlo, siempre había sacado notas buenas. Gracias a mis compañeros y amigos superé este trance y todo volvió a la normalidad. La verdad no me puedo quejar de los amigos que tenía y tengo todavía. Siempre hemos estado juntos para lo bueno y lo malo.
No me puedo olvidar, ahora que terminaba mi etapa escolar en este colegio, de las actividades extraescolares que realizábamos: Las clases particulares de apoyo en el colegio, las veladas en la época de navidad, la fiesta de carnavales y reyes, los viajes de fin de curso en segundo y cuarto de la ESO, las excursiones, caminatas por el monte, la playa, arrestos sin recreo...etc.
Terminando la ESO, llegaba la hora de plantearme la vida. Las ofertas no eran muchas pero yo tenía claro que con sólo 16 años no me iba a poner a trabajar. Otro remedio no me quedaba que seguir estudiando, y así lo hice.
Cuando me dieron las notas de cuarto de la ESO, comenzaba todo el papeleo. Fotocopias del DNI, no se cuantas fotos, el libro de escolaridad... En fin, pasado el verano, me inscribí en el instituto Villalba Hervás de mi pueblo, haciendo la modalidad de ciencias de la naturaleza y la salud, pues siempre me gustó la biología y todo lo que lleva relacionado.
Los temas a estudiar eran muy interesantes y el modo de explicación de los profesores me encantaba. La geología era mi fuerte. Esa fue la asignatura que en el primer año de bachiller me hizo pensar en los posteriores estudios. Ya en segundo, me quité la física de encima para especializarme en la química, junto a las matemáticas y la biología por supuesto. El cambio de un curso para otro era lo peor que podías tener en cuanto a los profesores y las clases, que aprobar queríamos todos. No sabía que hacer en segundo, otro trauma que superar. Los profesores eran extraños para mí, incluso a alguno de ellos jamás le había visto el pelo en el año anterior por el instituto.
En esta etapa pasé desapercibido. Fue rapidísima, el tiempo se me pasó volando y me veía con cuatro asignaturas que recuperar en junio y septiembre, con lo cual, la PAU era algo lejano para mí. Al final fui aprobando todo, menos la asignatura de química que ya la daba por perdida. Me pasé todo el mes de mayo haciendo recuperaciones de todo tipo de materias, hasta de química. El profesor confiaba en mis posibilidades y me obligó a presentarme en junio al examen final. Los chicos y chicas de mi clase estaban con él, menos mi compañera de mesa, que se encontraba en la misma situación que yo. El último día del curso y nosotros dos en la clase solamente. No habíamos estudiado, solo una miradita por encima y listo. Nos habíamos pegado todo el curso suspendiendo y ahora en una semana no nos lo íbamos a aprender.
Al final llegaron las notas. El profesor-tutor se reía de nosotros dos como si nada hubieses pasado. Resultó que en el examen habíamos aprobado los dos. Eso supuso que podíamos ir a la Universidad a realizar nuestro sueño, nuestra meta, la carrera que queríamos estudiar desde pequeños.
Otro disgusto venía sobre mí. Lo primero era el miedo a la Universidad en todos los sentidos, pues había ido a hacer una visita y me imponía respeto. Luego estaba la carrera. No podía entrar en lo que yo quería estudiar. A pesar de estudiar todo por ciencias, siempre quise hacer Educación Especial, modalidad de magisterio que no se encuentra en La Laguna.
Me volví loco poniendo solicitudes en numerosas universidades de toda España: Granada, Córdoba, Madrid, Melilla y Las Palmas de Gran Canaria. En ninguna de éstas me aceptaron y como no había otro remedio, me quede en casa, es decir, en La Laguna. De entre todas las carreras que por la nota podía estudiar, Pedagogía me parecía la más interesante y una de las que más posibilidades tenía para hacer lo que yo quería.
Y aquí estoy, intentando hacer lo que se puede. No entendía mucho a los profesores, lo encontraba difícil, casi imposible, pero sabía que con el tiempo lo superaría. La gente de mi clase, la mayoría de ellos, por no decir todos, eran nuevos para mí. Con su ayuda también se sacan cosas en claro. De los errores se aprende y eso es lo que intentábamos todos...Después de 4 años conpartiendo vivencias con mis amigos/as en la Facultad todavía hoy me acuerdo de mi pasó por la enseñanza desde los tres años y me impresiona ver hasta donde he llegado. No ha sido un reto pero "el que siembra recoge, y abonando las semillas se consigue el fruto" Estas fueron mis primeras impresiones y como podeis comprobar no son un horror!